La tradición de regalar flores

Regalar floresOs invitamos a retroceder en el tiempo para conocer los usos más primigenios de las flores y descubrir, en la medida de lo posible, el origen más ancestral de la tradición de regalar flores. ¿De dónde viene esta costumbre? ¿Del mundo clásico? ¿Del renacimiento? O, por el contrario, ¿es un hábito arraigado en el ser humano desde tiempos inmemoriales?

Aunque arduo y azaroso es responder a estas cuestiones, intentaremos acercarnos a la verdad, recorriendo brevemente la historia de la humanidad.


Los indicios prehistóricos

Mucho antes del levantamiento de las pirámides y la escritura de la Biblia, los hombres y mujeres prehistóricos tuvieron muy presente la importancia de las flores. Así, diversos fósiles hallados en cuevas habitadas durante el Paleolítico, afirman que las flores fueron comúnmente utilizadas en los rituales fúnebres; tal vez como una señal de admiración o quizá por ciertas razones religiosas o espirituales que todavía no llegamos a comprender.

En cualquier caso, es difícil afirmar si en aquellos milenios antes de nuestra era ya se regalaban flores o no. Los vestigios son escasos y sólo la intuición puede contestar a tales preguntas.

El mundo clásico y la Edad Media

Sin embargo, es indiscutible que las flores tuvieron un papel fundamental en la Edad Antigua, bien en celebraciones, funerales, festejos u otros eventos de interés general. Entregar un ramo a alguien era una declaración de devoción. Por eso, en la cultura de egipcios, griegos, romanos y chinos, las flores tenían su valía y, en ocasiones, se vinculaban con las divinidades. En el gigante asiático, por ejemplo, la magnolia era una planta exclusiva del Emperador, y si éste la regalaba a alguien, el receptor bien podía considerarse en alta estima.

En el Medievo, hay una constancia palpable del aprovechamiento de las flores. Frecuentemente, se utilizaban para ocultar los malos olores, adornar espacios inmuebles o mejorar la apariencia visual de las personas. También se regalaban flores, claro está, pero sin una interpretación diáfana de las mismas. Lo cierto es que el más primitivo lenguaje de las flores no debemos encontrarlo en Occidente, sino en la civilización islámica.

Un nuevo idioma traído de Oriente

En los países del este, se había afincado una vasta simbología alrededor del universo floral, con sus formas, tipos y colores. Cada flor y cada matiz tenía un significado propio y general, conocido en todos los estamentos de la sociedad. En Estambul dicha iconografía estaba muy afincada y era fácil adentrarse en ella.

A tal efecto, con un gesto tan simple como regalar una flor, el remitente demostraba tanto su estado de ánimo como sus sentimientos hacia la persona a la que cual iba dirigida la ofrenda. Era un maravilloso método de comunicación que eludía las palabras para centrarse en los sentidos. Había nacido así el idioma de las flores.

A principios del siglo XVIII, Lady María Wortley Montagu, una aristócrata que vivió en Turquía junto a su marido, conoció las representaciones alegóricas de cada una de las especies vegetales, saber que exportó a su país natal: Inglaterra.

Allí se extendió con rapidez esta nueva manera de ver las flores, siendo el anticipo de la costumbre actual de regalarlas. La rosa roja como metáfora del amor, las begonias como aviso de precaución, los acónitos representando un riesgo letal. Los significados de cada especie aún se mantienen en la memoria del colectivo humano, pese a que muchos se han perdido a lo largo y ancho de los siglos.

El romanticismo

El nuevo lenguaje de las flores se propagó por todo el continente europeo como una novedosa forma de expresar sentimientos, emociones y estados anímicos. La capacidad verbal que las flores atesoraban fue un secreto que se transmitió generación a generación, debido a que, frecuentemente, almacenaban equivalencias muy atrevidas.

Durante el romanticismo, amantes y parejas usaban las flores para comunicarse, depositando en el color y la apariencia de los pétalos un cóctel de sentimientos: belleza, tristeza, vida, muerte, soledad, amor y desamor. La tradición de regalar flores no se convirtió en un hábito, sino en un protocolo que se heredó de padres a hijos.

En la era victoriana, que tanto influyó en Occidente, cada especie floral tenía implícito un significado característico, algo conocido íntegramente por la gente. En aquellas décadas donde los sentimientos se escondían, las flores actuaban como mensajeros. Regalar un ramo era el acto más fiel de expresar emociones y la única manera válida de darlas a conocer.

En la actualidad

Hoy en día, las flores siguen siendo motivo de obsequio entre parejas, familiares y amigos. Expresan belleza y cariño, admiración y éxito, amparo y nostalgia. Aunque numerosos y arcaicos símbolos de las plantas se han perdido con el devenir de las centurias, muchos siguen intactos y forman parte ya de la cultural general.

Invernaderos, floristerías, tiendas online y multitud de entidades abogaban por usar las flores como regalo estrella, independientemente de la época del año o la situación geográfica. Así, los ramos de flores como presente son protagonistas indiscutibles de fechas señaladas como el Día de San Valentín, el Día de la Madre o el Día de Todos los Santos. Una costumbre importada en la Edad Moderna desde Oriente que, sin embargo, tuvo un uso parejo en las primitivas civilizaciones anteriores a Cristo.

En cualquier caso, la admiración del ser humano por los arreglos florales es algo que se remonta mucho más allá de la escritura, razón por la que resulta imposible conocer los verdaderos símbolos que representaban éstas en la prehistoria.

Es trabajo de todos mantener los significados actuales de las flores como parte de nuestro legado cultural, para evitar que se pierdan en los caprichosos vaivenes de la historia. Sólo así los más intrínsecos mensajes de las flores podrán seguir escritos y ser leídos eternamente.

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